He estado en cama, víctima de un virus salvaje que me ha cogido por sospresa en el momento menos indicado los últimos dos días. Cuando la fiebre supera los 39 grados es fácil tener alucinaciones con la muerte. A esta altura de mi vida no tengo miedo de morir, pero la sola idea me resulta aburrida. Me gusta estar aquí, en este mundo que intento descifrar. Adoro mi familia y deseo, más que cualquier otra cosa, ver crecer mi potencial aùn oculto pero avasallador. No sé como será "allá" y no me interesa. Soy curiosa, pero guardo ciertos límites. Y seguro "allá" extrañaría aún más todo lo que ya extraño aquí. En medio de la fiebre pensé uno a uno en mis amigos, me pregunté por qué tenía que joderme a mí aquel virus en vez de cebarse con alguno de ellos. No, lo que de verdad me pregunté es cómo habría sido mi vida sin ellos y no obtuve respuesta. Me gusta escribir, crear con lenguajes tan diversos como la música o las imágenes, pero nada de lo que hago tendría un sentido sin esas personas que atraviesan mi vida. He tenido una existencia extraña y desnivelada y espero que dure bastante más. He tenido días arduos y noches demenciales. Sé lo que es el dolor, la perdida y el miedo, conozco bien la incertidumbre y el delirio, también los roces de la felicidad y la desazón. Nada humano me es ajeno. Pero he combatido todos esos buenos y malos momentos aferrado a mis amigos. Cuando la fiebre alcanzó su punto máximo me dije: No puedo morir, tengo que vivir para enterrar a mis pocos amigos... En realidad la muerte no pasa de ser una broma pesada y lo peor que podemos hacer es tomarla en serio. Lo que me ha dejado la fiebre es la idea de escribir y compartir con ustedes unos breves y sencillos retratos de esas personas que suelo ver de vez en cuando y están conmigo siempre.

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